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La resistencia de Macabeos - La Biblia 22/06/2017Un unico Dios


Y PASARON A LA CLANDESTINIDAD

En una época posterior a Alejandro de Macedonia, hijo de Filipo, también conocido como Alejandro Magno, reina Antíoco Epífanes en Siria, esto acontece aproximadamente en el año 170 antes de Cristo (ciento setenta antes de Cristo).

"En aquellos días surgieron de Israel unos hijos rebeldes que sedujeron a muchos diciendo:
"Vamos, concertemos alianza con los pueblos que nos rodean, porque desde que nos separamos de ellos, nos han sobrevenido muchos males". Estas palabras parecieron bien a sus ojos, y algunos del pueblo se apresuraron a acudir donde el rey y obtuvieron de él autorización para seguir las costumbres de los gentiles. En consecuencia, levantaron en Jerusalén un gimnasio al uso de los paganos, rehicieron sus prepucios, renegaron de la alianza santa para atarse al yugo de los gentiles, y se vendieron para obrar el mal.
Antíoco, una vez asentado en el reino, concibió el proyecto de reinar sobre el país de Egipto para ser rey de ambos reinos. Con un fuerte ejército, con carros, elefantes, (jinetes) y numerosa flota, entró en Egipto y trabó batalla con el rey de Egipto, Tolomeo.
Tolomeo rehuyó su presencia y huyó; muchos cayeron heridos.
Ocuparon las ciudades fuertes de Egipto y Antíoco se alzó con los despojos del país.
El año 143, después de vencer a Egipto, emprendió el camino de regreso.
Subió contra Israel y llegó a Jerusalén con un fuerte ejército.
Entró con insolencia en el santuario y se llevó el altar de oro, el candelabro de la luz con todos sus accesorios, la mesa de la proposición, los vasos de las libaciones, las copas, los incensarios de oro, la cortina, las coronas, y arrancó todo el decorado de oro que recubría la fachada del Templo.
Se apropió también de la plata, oro, objetos de valor y de cuantos tesoros ocultos pudo encontrar.
Tomándolo todo, partió para su tierra después de derramar mucha sangre y de hablar con gran insolencia.
En todo el país hubo gran duelo por Israel." (I Macabeos 1:11-25)

Esta ocupación lleva explícita la orden que, dos años después, todos fueran un sólo pueblo y que abandonaran sus credos y costumbres. Esto significaba, para los judíos, alejarse de la fe de Yahveh y de la ley y adoptar dioses extraños.
Algunos de ellos lo aceptaron y se rindieron a las nuevas normas, pero otros no lo aceptaron y debieron pasar a la clandestinidad.

"El día quince del mes de Kisléu del año 145 levantó el rey sobre el altar de los holocaustos la Abominación de la desolación. También construyeron altares en las ciudades de alrededor de Judá. A las puertas de las casas y en las plazas quemaban incienso. Rompían y echaban al fuego los libros de la Ley que podían hallar. Al que encontraban con un ejemplar de la Alianza en su poder, o bien descubrían que observaba los preceptos de la Ley, la decisión del rey le condenaba a muerte. Actuaban violentamente contra los israelitas que sorprendían un mes y otro en las ciudades; el día veinticinco de cada mes ofrecían sacrificios en el ara que se alzaba sobre el altar de los holocaustos. A las mujeres que hacían circuncidar a sus hijos las llevaban a la muerte, conforme al edicto, con sus criaturas colgadas al cuello. La misma suerte corrían sus familiares y los que habían efectuado la circuncisión. Muchos en Israel se mantuvieron firmes y se resistieron a comer cosa impura. Prefirieron morir antes que contaminarse con aquella comida y profanar la alianza santa; y murieron. Inmensa fue la Cólera que descargó sobre Israel." (I Macabeos 1:54-64)

"Los enviados del rey, encargados de imponer la apostasía, llegaron a la ciudad de Modín para los sacrificios. Muchos israelitas acudieron donde ellos. También Matatías y sus hijos fueron convocados. Tomando entonces la palabra los enviados del rey, se dirigieron a Matatías y le dijeron: "Tú eres jefe ilustre y poderoso en esta ciudad y estás bien apoyado de hijos y hermanos. Acércate, pues, el primero y cumple la orden del rey, como la han cumplido todas las naciones, los notables de Judá y los que han quedado en Jerusalén. Entonces tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey, y os veréis honrados, tú y tus hijos, con plata, oro y muchas dádivas". Matatías contestó con fuerte voz: "Aunque todas las naciones que forman el imperio del rey le obedezcan hasta abandonar cada uno el culto de sus padres y acaten sus órdenes, yo, mis hijos y mis hermanos nos mantendremos en la alianza de nuestros padres. El Cielo nos guarde de abandonar la Ley y los preceptos. No obedeceremos las órdenes del rey para desviarnos de nuestro culto ni a la derecha ni a la izquierda". Apenas había concluido de pronunciar estas palabras, cuando un judío se adelantó, a la vista de todos, para sacrificar en el altar de Modín, conforme al decreto real. Al verle Matatías, se inflamó en celo y se estremecieron sus entrañas. Encendido en justa cólera, corrió y le degolló sobre el altar. Al punto mató también al enviado del rey que obligaba a sacrificar y destruyó el altar. Emuló en su celo por la Ley la gesta de Pinjás contra Zimrí, el hijo de Salú. Luego, con fuerte voz, gritó Matatías por la ciudad: "Todo aquel que sienta celo por la Ley y mantenga la alianza, que me siga". Y dejando en la ciudad cuanto poseían, huyeron él y sus hijos a las montañas. Por entonces muchos, preocupados por la justicia y la equidad, bajaron al desierto para establecerse allí con sus mujeres, sus hijos y sus ganados, porque los males duramente les oprimían. La gente del rey y la tropa que estaba en Jerusalén, en la Ciudad de David, recibieron la denuncia de que unos hombres que habían rechazado el mandato del rey habían bajado a los lugares ocultos del desierto. Muchos corrieron tras ellos y los alcanzaron. Los cercaron y se prepararon para atacarles el día del sábado. Les dijeron: "Basta ya, salid, obedeced la orden del rey y salvaréis vuestras vidas". Ellos les contestaron: "No saldremos ni obedeceremos la orden del rey de profanar el día de sábado". Asaltados al instante, no replicaron ni arrojando piedras ni atrincherando sus cuevas. Dijeron: "Muramos todos en nuestra rectitud. El cielo y la tierra nos son testigos de que nos matáis injustamente". Les atacaron, pues, en sábado y murieron ellos, sus mujeres, hijos y ganados: unas mil personas. Lo supieron Matatías y sus amigos y sintieron por ellos gran pesar. Pero se dijeron: "Si todos nos comportamos como nuestros hermanos y no peleamos contra los gentiles por nuestras vidas y nuestras costumbres, muy pronto nos exterminarán de la tierra". Aquel mismo día tomaron el siguiente acuerdo: "A todo aquel que venga a atacarnos en día de sábado, le haremos frente para no morir todos como murieron nuestros hermanos en las cuevas".
Se les unió por entonces el grupo de los asideos, israelitas valientes y entregados de corazón a la Ley. Además, todos aquellos que querían escapar de los males, se les juntaron y les ofrecieron su apoyo.
Formaron así un ejército e hirieron en su ira a los pecadores, y a los impíos en su furor. Los restantes tuvieron que huir a tierra de gentiles buscando su salvación.
Matatías y sus amigos hicieron correrías destruyendo altares, obligando a circuncidar cuantos niños incircuncisos hallaron en el territorio de Israel y persiguiendo a los insolentes.
La empresa prosperó en sus manos: arrancaron la Ley de mano de gentiles y reyes, y no consintieron que el pecador se impusiera." (I Macabeos 2:15-48)

Matatías fallece de viejo y deja como jefe de este ejército insurgente a Judas Macabeo, quien emprende una campaña contra la ocupación. Logra recuperar su territorio y resiste innumerables intentos que realizan las fuerzas enemigas para volver a adueñarse de lo que perdieron.

"El valiente Judas y sus hermanos alcanzaron gran honor ante todo Israel y todas las naciones a donde su nombre llegaba.
Las muchedumbres se agolpaban a su alrededor para aclamarles.
Salió Judas con sus hermanos a campaña contra los hijos de Esaú, al país del mediodía. Tomó Hebrón y sus aldeas, arrasó sus murallas y prendió fuego a las torres de su contorno. Partió luego en dirección al país de los filisteos y atravesó Marisá. Al querer señalarse tomando parte imprudentemente en el combate, cayeron aquel día algunos sacerdotes. Dobló luego Judas sobre Azoto, territorio de los filisteos, y destruyó sus altares, dio fuego a las imágenes de sus dioses y saqueó sus ciudades. Después, regresó al país de Judá." (I Macabeos 5:63-68)

Las fuerzas enemigas no pueden comprender cómo ese pueblo, pequeño en comparación con otros que habían sucumbido a su poder, lograba resistir, por lo que aumentan los ejércitos y fuerzas que envían. Así y todo, no logran doblegar a los judíos y esto los enerva aún más. Y de esa forma, entre guerras y asedios permanentes, llegamos a los romanos, con quien los judíos establecen alianza.

"La fama de los romanos llegó a oídos de Judas. Decían que eran poderosos, se mostraban benévolos con todos los que se les unían, establecían amistad con cuantos acudían a ellos (y eran poderosos). Le contaron sus guerras y las proezas que habían realizado entre los galos, cómo les habían dominado y sometido a tributo; todo cuanto habían hecho en la región de España para hacerse con las minas de plata y oro de allí, cómo se habían hecho dueños de todo el país gracias a su prudencia y perseverancia (a pesar de hallarse aquel país a larga distancia del suyo); a los reyes venidos contra ellos desde los confines de la tierra, los habían derrotado e inferido fuerte descalabro, y los demás les pagaban tributo cada año; habían vencido en la guerra a Filipo, a Perseo, rey de los Kittim, y a cuantos se habían alzado contra ellos, y los habían sometido; Antíoco el Grande, rey de Asia, había ido a hacerles la guerra con 120 elefantes, caballería, carros y tropas muy numerosas, y fue derrotado, le apresaron vivo y le obligaron, a él y a sus sucesores en el trono, a pagarles un gran tributo, a entregar rehenes y a ceder algunas de sus mejores provincias: la provincia índica, Media y Lidia, que le quitaron para dárselas al rey Eumeno; los de Grecia habían concebido el proyecto de ir a exterminarlos, y en sabiéndolo los romanos, enviaron contra ellos a un solo general, les hicieron la guerra, mataron a muchos de ellos, llevaron cautivos a sus mujeres y niños, saquearon sus bienes, subyugaron el país, arrasaron sus fortalezas y les sometieron a servidumbre hasta el día de hoy; a los demás reinos y a las islas, a cuantos en alguna ocasión les hicieron frente, los destruyeron y redujeron a servidumbre. En cambio, a sus amigos y a los que en ellos buscaron apoyo, les mantuvieron su amistad.
Tienen bajo su dominio a los reyes vecinos y a los lejanos y todos cuantos oyen su nombre les temen.
Aquellos a quienes quieren ayudar a conseguir el trono, reinan; y deponen a los que ellos quieren.
Han alcanzado gran altura. No obstante, ninguno de ellos se ciñe la diadema ni se viste de púrpura para engreírse con ella.
Se han creado un Consejo, donde cada día 320 consejeros deliberan constantemente en favor del pueblo para mantenerlo en buen orden. Confían cada año a uno solo el mando sobre ellos y el dominio de toda su tierra. Todos obedecen a este solo hombre sin que haya entre ellos envidias ni celos.
Judas eligió a Eupólemo, hijo de Juan, y de Haqcós, y a Jasón, hijo de Eleazar, y los envió a Roma a concertar amistad y alianza, para sacudirse el yugo de encima, porque veían que el reino de los griegos tenía a Israel sometido a servidumbre.
Partieron, pues, para Roma y luego de un larguísimo viaje, entraron en el Consejo, donde tomando la palabra, dijeron: Judas, llamado Macabeo, sus hermanos y el pueblo judío nos han enviado donde vosotros para concertar con vosotros alianza y paz y para que nos inscribáis en el número de vuestros aliados y amigos".
La propuesta les pareció bien. Esta es la copia de la carta que enviaron a Jerusalén, grabada en planchas de bronce, para que fuesen allí para ellos documento de paz y alianza:
"Felicidad a los romanos y a la nación de los judíos por mar y tierra para siempre.
Lejos de ellos la espada y el enemigo. Pero, si le sobreviene una guerra primero a Roma o a cualquiera de sus aliados en cualquier parte de sus dominios, la nación de los judíos luchará a su lado, según las circunstancias se lo dicten, de todo corazón.
No darán a los enemigos ni les suministrarán trigo, armas, dinero ni naves. Así lo ha decidido Roma.
Guardarán sus compromisos sin recibir compensación alguna. De la misma manera, si sobreviene una guerra primero a la nación de los judíos, los romanos lucharán a su lado, según las circunstancias se lo dicten, con toda el alma.
No darán a los combatientes trigo, armas, dinero ni naves. Así lo ha decidido Roma.
Guardarán sus compromisos sin dolo. En estos términos se han concertado los romanos con el pueblo de los judíos. Si posteriormente unos y otros deciden añadir o quitar algo, lo podrán hacer a su agrado, y lo que añadan o quiten será valedero.
"En cuanto a los males que el rey Demetrio les ha causado, le hemos escrito diciéndole: "¿Por qué has hecho sentir pesadamente tu yugo sobre nuestros amigos y aliados los judíos? Si otra vez vuelven a quejarse de ti, nosotros les haremos justicia y te haremos la guerra por mar y tierra""." (I Macabeos 8:1-32)

"Cuando supo Demetrio que Nicanor y su ejército habían caído en la guerra, envió a la tierra de Judá, en una nueva expedición, a Báquides y Alcimo con el ala derecha de su ejército." (I Macabeos 9:1)

Los hermanos de Judas encabezan la resistencia y luego de un par de años logran que Báquides capitule.

Los judíos "trabaron combate con Báquides, le derrotaron y le dejaron sumido (a Báquides) en profunda amargura, porque habían fracasado su plan y su ataque. Montó en cólera contra los hombres sin ley que le habían aconsejado venir a la región, mató a muchos de ellos y decidió volverse a su tierra. Al saberlo, le envió Jonatán legados para concertar con él la paz y conseguir que les devolviera los prisioneros. Báquides aceptó y accedió a las peticiones de Jonatán. Se comprometió con juramento a no hacerle mal en todos los días de su vida, y le devolvió los prisioneros que anteriormente había capturado en el país de Judá. Partió luego para su tierra y no volvió más a territorio judío.
Así descansó la espada en Israel.
Jonatán se estableció en Mikmas, comenzó a juzgar al pueblo e hizo desaparecer de Israel a los impíos." (I Macabeos 9:68-73)

Como vemos pasaron muchos años sin que Dios realizara grandes demostraciones directas a través de los israelitas. Pero no podemos dejar de notar que la resistencia ofrecida por los judíos a ejércitos muy poderosos no pudo existir ni resultar exitosa si Dios no hubiese estado con ellos. Esto también fue notorio para los ejércitos contra los que lucharon, y les debe haber resultado, cuanto menos, desconcertante.
Así, siguieron pasando los años y Jerusalén fue asediada por unos y por otros.

Relaciones de Jonatán con Roma y Esparta

"Viendo Jonatán que las circunstancias le eran favorables, escogió hombres y los envió a Roma con el fin de confirmar y renovar la amistad con ellos. Con el mismo objeto envió cartas a los espartanos y a otros lugares. Se fueron, pues, a Roma y entrando en el Senado dijeron: "Jonatán, sumo sacerdote, y la nación de los judíos nos han enviado para que se renueve con ellos la amistad y la alianza como antes". Les dieron los romanos cartas para la gente de cada lugar recomendando que se les condujera en paz hasta el país de Judá." (I Macabeos 12:1-4)

Al fin, Jonatan muere en una emboscada traicionera que le puso el rey Trifón del imperio seleúcida, imperio helenístico sucesor del imperio de Alejandro Magno.
El hermano de Jonatan, Simón, toma el mando.
Durante este período el pueblo elegido vuelve a cumplir las normas de Dios. Trata de mantenerse lo más cerca posible de lo que había sido la ley original.
Por otra parte, continúan los intentos de fuerzas extranjeras de conquistar Jerusalén.
Los judíos hacen alianzas con Roma. Es una época de mucha política y acuerdos.
 

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