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La crucifixion de Jesus 18/09/2017Descargar gratis libro Un unico Dios


¿ERES TÚ EL REY DE LOS JUDÍOS?

"Los que prendieron a Jesús le llevaron ante el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro le iba siguiendo de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver el final. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando un falso testimonio contra Jesús con ánimo de darle muerte, y no lo encontraron, a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Al fin se presentaron dos, que dijeron: "Este dijo: Yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días edificarlo". Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y le dijo: "¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?". Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: "Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios". Dícele Jesús: "Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo". Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: "¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?". Respondieron ellos diciendo: "Es reo de muerte". Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros a golpearle, diciendo: "Adivínanos, Cristo. ¿Quién es el que te ha pegado?"." (Mateo 22:57-68)

Si quedaba alguna duda, con esto se extirpa, los que quieren matarlo son los que ostentan el poder de los judíos -"le llevaron ante el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos"-. Además, quieren justificar sus acciones; entonces hacen toda esta parodia de los testigos y de la blasfemia, para poder decir "tuvimos que matarlo porque era un blasfemo".

"Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Y después de atarle, le llevaron y le entregaron al procurador Pilato. Entonces Judas, el que le entregó, viendo que había sido condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "Pequé entregando sangre inocente". Ellos dijeron: "A nosotros, ¿qué? Tú verás". El tiró las monedas en el Santuario; después se retiró y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes recogieron las monedas y dijeron: "No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque son precio de sangre". Y después de deliberar, compraron con ellas el Campo del Alfarero como lugar de sepultura para los forasteros. Por esta razón ese campo se llamó "Campo de Sangre", hasta hoy. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: "Y tomaron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue apreciado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del Alfarero, según lo que me ordenó el Señor". Jesús compareció ante el procurador, y el procurador le preguntó: "¿Eres tú el Rey de los judíos?". Respondió Jesús: "Sí, tú lo dices". Y, mientras los sumos sacerdotes y los ancianos le acusaban, no respondió nada. Entonces le dice Pilato: "¿No oyes de cuántas cosas te acusan?". Pero él a nada respondió, de suerte que el procurador estaba muy sorprendido. Cada Fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran. Tenían a la sazón un preso famoso, llamado Barrabás. Y cuando ellos estaban reunidos, les dijo Pilato: "¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?", pues sabía que le habían entregado por envidia. Mientras él estaba sentado en el tribunal, le mandó a decir su mujer: "No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa". Pero los sumos sacerdotes y los ancianos lograron persuadir a la gente que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Y cuando el procurador les dijo: "¿A cuál de los dos queréis que os suelte?", respondieron: "¡A Barrabás!" Díceles Pilato: "Y ¿qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?". Y todos a una: "¡Sea crucificado!" - "Pero ¿qué mal ha hecho?", preguntó Pilato. Mas ellos seguían gritando con más fuerza: "¡Sea crucificado!" Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: "Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis". Y todo el pueblo respondió: "¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!"" (Mateo 27:1-25)

Huelgan los comentarios.
Pilato intentó salvarlo y la gente gritó: "¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!".
Tenía que ser así, ésa debía ser la forma. El pueblo elegido tenía el deber y la obligación de hacerlo, aún sin saberlo, sólo ellos tendrían el privilegio de realizar tan dura tarea, y además, cargar con la culpa de la misma eximiendo al resto del mundo.
"¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!"….
Un ciclo de miles de años se cerraba.
Había sido abierto con Adán, patriarca del pueblo elegido, y era cerrado por el mismo pueblo elegido con Jesús.

Les voy a ahorrar la descripción de las penurias de Jesús hasta que muere en la cruz.
Veamos sólo los últimos momentos y los inmediatos siguientes.

"Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: "¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?"., esto es: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?". Al oírlo algunos de los que estaban allí decían: "A Elías llama éste". Y enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber. Pero los otros dijeron: "Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarle". Pero Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu. En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. Por su parte, el centurión y los que con él estaban guardando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "Verdaderamente éste era Hijo de Dios". Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato dio orden de que se le entregase. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca; luego, hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro. Al otro día, el siguiente a la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron: "Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: "A los tres días resucitaré". Manda, pues, que quede asegurado el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: "Resucitó de entre los muertos", y la última impostura sea peor que la primera". Pilato les dijo: "Tenéis una guardia. Id, aseguradlo como sabéis". Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia." (Mateo 27:45-66)

La situación es ésta: Jesús muerto en la cueva-sepulcro, con una piedra en la puerta y un guardia custodiando.
Por otro lado, nuevamente ocurren hechos innegables, que hacen que muchos se pregunten si no habían cometido un error al matarlo: "tembló la tierra y las rocas se hendieron. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. Por su parte, el centurión y los que con él estaban guardando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "Verdaderamente éste era Hijo de Dios".
 

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  • Un único Dios ISBN 9789873324383, y El observador ISBN 9789873324376
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